LLámenlo TERCERIZACIÓN no GLOBALIZACIÓN

LLámenlo TERCERIZACIÓN no GLOBALIZACIÓN 

USA – Empleadores vs. empleados

A veces me asombra como cambian las cosas con el tiempo. 
En nuestra comunidad la relación empleador-empleado ha sufrido un golpetazo tremendo y para desgracia del segundo.
Recuerdo aquellos tiempos en que el empleador se preocupaba por que sus buenos empleados permanecieran en la nómina el mayor tiempo posible. 
Además de los ascensos, aumentos de salarios, vacaciones pagadas, planes de salud, bonos de Navidad, etc.
Tengo la costumbre de saludar a los cajeros cada vez que visito el banco. Me extrañaba el hecho de que casi siempre había caras nuevas. 
Un día le pregunté a uno de ellos por qué era eso y me dice que eran part timers, no empleados fijos. Me dice que los contratan por un tiempo corto; no hay beneficios de ningún tipo; a veces por unos meses y en cualquier momento y sin motivo alguno lo dejan fuera… No hay sindicato que los proteja.
Claro, hay que decir que en tiempos atrás, había cierta estabilidad y lealtad por parte de las empresas, el trabajador buscaba minuciosamente el lugar ideal que deseaba, de acuerdo con sus conocimientos y experiencia, planificando una larga permanencia en el mismo, incluso hasta su retiro.
Como dije antes, hoy en día, con muy pocas excepciones, todo eso ha cambiado.

Muchos empleadores se han tornado ambiciosos en forma desmedida, desesperados por obtener más y más ganancias, y así, ayudado por un ejército de cabilderos y políticos complacientes, han logrado aprobar leyes laborales que los favorecen en detrimento del simple trabajador.
Debido al enorme desempleo, el mercado laboral está a favor de los empleadores y eso les da fuerza y estimula, con el respaldo de las nuevas leyes laborales, a ser cada vez más exigentes y explotar más al trabajador.
En muchas empresas los sindicatos están vedados.
Se acabaron las vacaciones pagadas, los seguros, 
el tiempo extra, etc., y “si no te gusta, pues para la calle” 
y a contratar a otro a “tiempo partido”. 
Realmente al que estan partiendo es al trabajador. Y en el caso de los bancos, muy eufóricos porque ven aumentadas sus ganancias, y así lo reflejan sus balances.
Grandes empresas han optado con más frecuencia 
por el reemplazo de su personal permanente 
por los temporales que reclutan 
a través de agencias privadas y oficiales.

Sus principales motivaciones radican 
en que ofrecerán salarios bajos, sin beneficio alguno 
y la más favorable (o favorita), 
que podrán hacer despidos a su antojo.

Eso explica, entre otras cosas, las deficiencias reiteradas en la prestación de servicios de esos empleados, tanto en el sector administrativo como en el productivo; en la mayoría de los casos se encuentran en períodos de aprendizaje e, irónicamente, 

cuando ha pasado un tiempo y dominan el trabajo, 
les informan que ha habido 
una reestructuración administrativa o de otra índole 
y tienen que prescindir de sus servicios.
Tal situación se repite en infinidad de empresas y centros de trabajo del país. 
En nuestro estado el fenómeno se acentúa por su condición de estado at will. 
Quiere decir que 
se permite a los empleadores 
despedir a cualquier trabajador con razón o sin ella, 
sin derecho a reclamar por parte del empleado.

Existen muy pocos estados en el país 
donde no se esté aplicando 
esa condición o prerrogativa tan inhumana al trabajador.
Si bien la ley establece que ha de servir tanto al empleador como al empleado, en la práctica este último siempre lleva las de perder.
Todo esto es degradante 
y tiene aspectos hasta inconstitucionales; 
merece ser revisada o mejor aún eliminada.
En este aspecto nuestros legisladores son los únicos que tienen la palabra. 
Ellos la crearon, ellos deben eliminarla. 
Piensen más en los que crean las riquezas de este gran país y denle un mejor trato.
Hay que admitir que ha desaparecido la lealtad en la mayoría de los empleadores, es una triste y cruda realidad. 
Además, continúa la práctica de emplear a un trabajador y endilgarle el trabajo de dos o más, ofreciéndoles salarios bajos que no se corresponden con las tareas que realizan y las responsabilidades que asumen.
Hay “expertos economistas” que cuestionan los aumentos de salarios mínimos y aseguran que el aumento mata empleos.
Con todo respeto discuto ese criterio y opino que con más dinero en sus bolsillos, el trabajador hará más compras e inversiones, redundando ello en un mejoramiento de la calidad de su vida a la vez que en un aumento del ritmo de producción y de servicios, provocando la necesidad a corto y mediano plazo, de estimular nuevas contrataciones de trabajadores.
El resultado final será positivo para la economía en general, que es definitiva lo que todos deseamos.

La precariedad laboral, símbolo de nuestros días

Por: Marcelo Colussi
Artículo publicado en Amauta con permiso de Argenpress y del autor
Fuente: Argenpress
Publicado el: Lunes, 20 de febrero del 2012
El mundo moderno basado en la industria que inaugura el capitalismo hace ya más de dos siglos ha traído cuantiosas mejoras en el desarrollo de la humanidad. 
La revolución científico-técnica instaurada y sus avances prácticos no dejan ninguna duda al respecto. Las relaciones laborales que se constituyen en torno a esta nueva figura histórica igualmente condujeron a adelantos en el ámbito del trabajo.
Si bien es cierto que en los albores de la industria moderna las condiciones de trabajo fueron calamitosas, no es menos cierto también que el capitalismo rápidamente encontró una masa de trabajadores que se organiza para defender sus derechos y garantizar un ambiente digno, tanto en lo laboral como en la vida cotidiana. 
El esclavismo, la servidumbre, la voluntad omnímoda del amo van quedando así de lado. Los proletarios asalariados también son esclavos, si queremos decirlo así, pero ya no hay látigos.
Ya a mediados del siglo XIX surgen y se afianzan los sindicatos, logrando una cantidad de conquistas que hoy, desde hace décadas, son patrimonio del avance civilizatorio de todos los pueblos: jornadas de trabajo de ocho horas diarias, salario mínimo, vacaciones pagas, cajas jubilatorias, seguros de salud, regímenes de pensiones, seguros de desempleo, derechos específicos para las mujeres trabajadoras en tanto madres, derecho de huelga. 
A tal punto que para 1948 –no ya desde un incendiario discurso de la Internacional Comunista decimonónica o desde encendidas declaraciones gremiales– la Asamblea General de las Naciones Unidas proclama en suDeclaración de los Derechos Humanos que 
“Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo. 
Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria que le asegure una existencia conforme a la dignidad humana. 
Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas.” 
Es decir: 
consagra los derechos laborales 
como una irrenunciable potestad connatural a la vida social.
Mal o bien, sin dudas con grandes errores no corregidos en su debido momento pero al menos no olvidándolos en sus idearios, los socialismos reales desarrollados durante el siglo XX –los Estados obreros y campesinos– impulsaron y profundizaron esas conquistas de los trabajadores. 
En otros términos: hacia las últimas décadas del pasado siglo esos derechos ya centenarios podían ser tomados como puntos de no retorno en el avance humano, tanto como cualquiera de los inventos del mundo moderno: el automóvil, el televisor o el teléfono. 
Por cierto no sólo en los países socialistas: las conquistas laborales son ya avances de la humanidad. Pero las cosas cambiaron. Y demasiado. 
Cambiaron demasiado drásticamente, a gran velocidad en estas últimas décadas.
Con la caída del bloque soviético y el final de la Guerra Fría 
el gran capital se sintió vencedor ilimitado. 
En realidad no fue que “terminaron la historia ni las ideologías”, como el triunfalista discurso del momento lo quiso presentar: en todo caso, ganaron las fuerzas del capital sobre las de los trabajadores, lo cual no es lo mismo. 
Ganaron, y a partir de ese triunfo –la caída del muro de Berlín, vendido luego en fragmentos, es su patética expresión simbólica– comenzaron a establecer las nuevas reglas de juego. Reglas, por lo demás, que significan un enorme retroceso en avances sociales. 
Los ganadores del histórico y estructural conflicto –las luchas de clases no han desaparecido, aunque no esté de moda hablar de ellas– imponen hoy las condiciones, las cuales se establecen en términos de mayor explotación, así de simple (y de trágico). 
La manifestación más evidente de ello es, seguramente, la precariedad laboral que vivimos.

Todos los trabajadores del mundo, desde una obrera de maquila latinoamericana o un jornalero africano hasta un consultor de Naciones Unidas, graduados universitarios con maestrías y doctorados o personal doméstico semi analfabeto, 
todos y todas atravesamos hoy 
el calvario de la precariedad laboral.
Aumento imparable de contratos-basura (contrataciones por períodos limitados, sin beneficios sociales ni amparos legales, arbitrariedad sin límites de parte de las patronales), 
incremento de empresas de trabajo temporal, 
abaratamiento del despido
crecimiento de la siniestralidad laboral, sobreexplotación de la mano de obra, reducción real de la inversión en fuerza de trabajo, son algunas de las consecuencias más visibles de la derrota sufrida en el campo popular. 
El fantasma de la desocupación campea continuamente; 
la consigna de hoy, distinto a las luchas obreras y campesinas de décadas pasadas, es “conservar el puesto de trabajo”. 
A tal grado de retroceso hemos llegado 
que tener un trabajo, aunque sea en estas infames 
condiciones precarias, es vivido ya como ganancia. 
Y por supuesto, ante la precariedad, hay interminables filas de desocupados a la espera de la migaja que sea, dispuestos a aceptar lo que sea, en las condiciones más desventajosas. 
¿Progresa el mundo? 
Visto desde la lógica de acumulación del capital: sí, porque cada vez acumula más. 
Visto de las grandes mayorías trabajadoras: ¡definitivamente no! 
Por el contrario, se vive un claro retroceso.
Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) alrededor de un cuarto de la población planetaria vive con menos de un dólar diario, y un tercio de ella sobrevive bajo el umbral de la pobreza. 
Hay cerca de 200 millones de desempleados y ocho de cada diez trabajadores no gozan de protección adecuada y suficiente
Lacras como la esclavitud (¡esclavitud!, en pleno siglo XXI –se habla de cerca de 30 millones en el mundo–) o la explotación infantil continúan siendo algo frecuente y aceptado como normal. 
El derecho sindical ha pasado a ser rémora del pasado. 
La situación de las mujeres trabajadoras es peor aún: 
además de todas las explotaciones mencionadas sufren más todavía por su condición de género, siempre expuestas al acoso sexual, con más carga laboral (jornadas fuera y dentro de sus casas), eternamente desvalorizadas. 
Definitivamente: 
si eso es el progreso, a la población global no le sirve.


¿Qué hacer ante todo esto? 
Resignarnos, callarnos la boca y conservar mansamente el puesto de trabajo que tenemos, o pensar que la lucha por la justicia es infinita, y es un imperativo ético no bajar los brazos. 
Si optamos por lo segundo, podemos:
  • Informar pormenorizadamente de lo que está pasando aprovechando todos los canales alternativos, contar las cosas desde otra perspectiva, ya que los medios de comunicación oficiales presentan la noticia según los intereses políticos y económicos del poder.
  • Crear foros de debate para discutir sobre las injusticias y el reparto de la riqueza en el mundo, para ver cómo sensibilizar y hacer tomar conciencia a las grandes masas respecto a estas problemáticas.
  • Movilizar a la gente por medio de la manifestación y huelga en protesta por los recortes sociales.
  • Conocer y hacer conocer en detalle, exigir y reivindicar la Tasa Tobin para redistribuir mejor la riqueza mundial.
  • Globalizar las resistencias, unir nuestras fuerzas, apoyarnos mutuamente en nuestras reivindicaciones y denuncias.
  • Retomar banderas históricas de la lucha sindical, hoy caída prácticamente en el olvido, desvalorizada y cooptada por un discurso patronalista.
Si es cierto –siguiendo el análisis hegeliano– que “el trabajo es la esencia probatoria del ser humano”, hoy, dadas las actuales condiciones en que vivimos, ello no parece muy convincente. 
De nosotros, de nuestra lucha y nuestro compromiso 
depende hacer realidad la consigna que 
“el trabajo hace libre”.

Esclavos en Europa

Por: Ignacio Ramonet
Fuente: Le Monde diplomatique
Dos siglos después de la abolición de la esclavitud, regresa una práctica abominable: 
La trata de personas 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que 12,3 millones de personas en el mundo se ven sometidas, por redes ligadas a la criminalidad internacional, a la explotación de su fuerza de trabajo en contra de su voluntad y en condiciones inhumanas.

Tratándose de mujeres, la mayoría son víctimas de explotación sexual mientras muchas otras son específicamente explotadas en el servicio doméstico. 
También se da el caso de personas jóvenes y en buen estado de salud que, bajo diversos engaños, son privadas de su libertad con el fin de que partes de sus cuerpos alimenten el tráfico ilegal de órganos humanos.

El trabajador explotado, por Steve D. Hammond (flickr)
Pero la trata se está extendiendo cada vez más a la captura de personas que sufren explotación de su fuerza de trabajo en sectores de la producción muy necesitados de mano de obra barata como la hostelería, la restauración, la agricultura y la construcción.
A ese tema preciso, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) dedicó en Viena,

una Conferencia internacional con la participación de autoridades políticas, organismos internacionales, ONG y reconocidos expertos (1).

Aunque el fenómeno es mundial, varios especialistas subrayaron que 
la plaga del trabajo esclavo está aumentando imparablemente en el seno mismo de la Unión Europea
El número de casos revelados por la prensa, cada vez más numerosos, sólo constituyen la punta del iceberg. 
Las organizaciones sindicales y las ONG estiman que 
hay en Europa centenares de miles de trabajadores
 sometidos a la execración de la esclavitud (2).
En España, en Francia, en Italia, en los Países Bajos, en el Reino Unido y en otros países de la UE,

numerosos migrantes extranjeros, atraídos por el espejismo europeo, se ven atrapados

en las redes de mafias que les obligan a trabajar en condiciones semejantes a las de la esclavitud de antaño. 

Un informe de la OIT reveló

que, al sur de Nápoles, por ejemplo, unos 1.200 braceros extracomunitarios trabajaban 12 horas diarias en invernaderos y otras instalaciones agrícolas sin contrato de trabajo y por sueldos miserables.

Vivían confinados en condiciones propias de un campo de concentración, vigilados militarmente por milicias privadas.

Este “campo de trabajo” no es el único en Europa.

Se ha descubierto, por ejemplo, en otra región italiana, a centenares de migrantes polacos explotados del mismo modo, a veces hasta la muerte, esencialmente para la recogida de tomates.

Se les había confiscado su documentación. Sobrevivían subalimentados en una clandestinidad total.

Sus “propietarios” les maltrataban hasta el punto de que varios de ellos perdieron la vida por agotamiento, o por los golpes recibidos, o empujados al suicidio por desesperación.

Esta situación concierne a miles y miles de inmigrantes sin papeles, víctimas de negreros modernos en los más diversos países europeos. 
Según varios sindicatos, 
el trabajo clandestino en el sector agrícola 
representa casi el 20% del conjunto de la actividad (3).
En esta expansión de la trata de trabajadores esclavos, el modelo económico dominante tiene una gran responsabilidad. 
En efecto, la globalización neoliberal –que se ha impuesto en los tres últimos decenios gracias a terapias de choque con efectos devastadores para las categorías más frágiles de la población– supone un coste social exorbitante. 
Se ha establecido una competición feroz entre el capital y el trabajo. 
En nombre del libre-cambio, los grandes grupos multinacionales fabrican y venden en el mundo entero.

Con una particularidad: producen en las regiones donde la mano de obra es más barata, y venden en las zonas donde el nivel de vida es más alto. 

De ese modo, el nuevo capitalismo erige la competitividad en principal fuerza motriz, y establece, de hecho, la mercantilización del trabajo y de los trabajadores.
Las empresas multinacionales, 
al deslocalizar sus centros de producción a escala mundial,
 ponen en competencia a los asalariados de todo el planeta. 
Con un objetivo: minimizar los costes de producción y abaratar los salarios. 
En el seno la Unión Europea, eso desestabiliza el mercado del trabajo, deteriora las condiciones laborales y hace más frágiles los sueldos.

La globalización, 
que ofrece tan formidables oportunidades a unos cuantos,
 se resume para la mayoría de los demás, en Europa, 
a una competencia sin límites y sin escrúpulos 
entre los asalariados europeos, pequeños empresarios 
y modestos agricultores, y sus equivalentes mal pagados 
y explotados del otro lado del mundo. 
De ese modo se organiza, a escala planetaria, el dumping social.
En términos de empleo, el balance es desastroso. 
Por ejemplo, en Francia, en los dos últimos decenios, ese dumping causó la destrucción de más de dos millones de empleos únicamente en el sector industrial.

Sin hablar de las presiones ejercidas sobre todos los salarios.

En semejante contexto de desleal competencia, algunos sectores enEuropa, en los que existe una carencia crónica de mano de obra, tienen tendencia a utilizar a trabajadores ilegales. 
Lo cual estimula la importación de migrantes sin papeles, introducidos en el seno de la UE por traficantes clandestinos que en muchos casos les obligan al trabajo esclavo. 
Numerosos informes evocan claramente la “venta” de braceros agrícolas migrantes.
En el sector de la construcción, muchos trabajadores jóvenes extracomunitarios, sin papeles, se hallan bajo el control de bandas especializadas en la trata de personas, y “alquilados” a empresas alemanas, italianas, británicas o griegas. 
Estos trabajadores esclavos se ven forzados por las bandas que los explotan a pagar sus gastos de viaje, de alimentación y de alojamiento cuyo total es en general superior a lo que ganan. 
De tal modo que pronto, mediante el sistema de la deuda, pasan a “pertenecer” a sus explotadores (4).
A pesar del arsenal jurídico internacional que sanciona esos crímenes, y aunque se multipliquen las declaraciones públicas de altos responsables que condenan esa plaga, hay que reconocer que la voluntad política de poner fin a esa pesadilla resulta más bien débil. 
En realidad, las patronales de la industria y de la construcción y los grandes exportadores agrícolas influyen en permanencia sobre los poderes públicos para que hagan la vista gorda sobre las redes de importación de migrantes ilegales. 
Los trabajadores sin papeles constituyen una mano de obra abundante, dócil y barata, una reserva casi inagotable cuya presencia en el mercado del trabajo europeo contribuye a calmar los ardores reivindicativos de los asalariados y de los sindicatos.
Los partidarios de una inmigración masiva siempre han sido las patronales. Y siempre por el mismo motivo: abaratar los sueldos. 
Los informes de la Comisión Europea y de Business 
Europe (la patronal europea), desde hace decenios, 
reclaman siempre más inmigración. 
Los patronos saben que cuanto mayor sea 
la oferta de mano de obra, más bajos serán los salarios.
Por eso ya no sólo los negreros modernos explotan a los trabajadores esclavos; ahora se está desarrollando una suerte de “trata legal”. Véase, por ejemplo, lo que sucedió en febrero pasado en Italia, en el sector de la industria del automóvil. 
El grupo Fiat colocó al personal de sus fábricas ante un chantaje: o los obreros italianos aceptaban trabajar más, en peores condiciones y con salarios reducidos, o las fábricas se deslocalizaban a Europa del Este. 

Enfrentados a la perspectiva del paro y aterrorizados por las condiciones existentes en Europa del Este donde los obreros están dispuestos a trabajar sábados y domingos por salarios miserables, el 63% de los asalariados de Fiatvotaron a favor de su propia sobreexplotación…
En Europa, muchos patronos sueñan, 
en el marco de la crisis y de las brutales políticas de ajuste, 
con establecer esa misma “trata legal”, 
una especie de esclavitud moderna. 
Gracias a las facilidades que ofrece la globalización neoliberal, amenazan a sus asalariados con ponerlos en competencia salvaje con la mano de obra barata de países lejanos.
Si se quiere evitar esa nociva regresión social, hay que empezar por cuestionar el funcionamiento actual de la globalización. 
Es hora de comenzar a desglobalizar.
Notas:
(1) Bajo el título: “Preventing Trafficking in Human Beings for Labour Exploitation: Decent Work and Social Justice”, la Conferencia fue organizada por la Representante especial y Coordinadora para la lucha contra la trata de seres humanos, Maria Grazia Giammarinaro, y su equipo, en el marco de la Alianza contra la trata de personas.
(2) Léase el informe: Combating trafficking as modern-day slavery: a matter of rights, freedom and security, 2010 Annual Report, OSCE, Viena, 9 de diciembre de 2010.
(3) Léase el informe: The Cost of coercion, OIT, Ginebra, 2009.
(4) CfNo trabajar solos. Sindicatos y ONG unen sus fuerzas para luchar contra el trabajo forzoso y la trata de personas en Europa, Confederación sindical internacional, Bruselas, febrero de 2011.

Las maquilas en Latinoamérica: Una nueva forma de esclavitud

Por: Marcelo Colussi
Artículo publicado en Amauta con permiso de Argenpress y del autor
Fuente: Argenpress
«Por una camisa marca GAP un consumidor canadiense paga 34 dólares, mientras en El Salvador una obrera gana 27 centavos de dólar por confeccionarla en una planta maquiladora.»
Organización Internacional del Trabajo

(Arte: Banksy)
Permítasenos comenzar con esta cita escuchada a dos obreras de maquila en El Salvador (Centroamérica): “Con estas condiciones de trabajo parece que volvemos al tiempo de la esclavitud”, afirma una de ellas, respondiendo la otra: “¿Volvemos? Pero… ¿cuándo nos habíamos ido?”.
Entre los años 60 y 70 del siglo pasado comienza el proceso de traslado de parte de la industria de ensamblaje desdeEstados Unidos hacia América Latina. 
Para los 90, con el gran impulso a la liberalización del comercio internacional y la absoluta globalización de la economía, el fenómeno ya se había expandido por todo el mundo, siendo el capital invertido no sólo estadounidense sino también europeo y japonés. 
En Latinoamérica, esas industrias son actual y comúnmente conocidas como “maquilas” (maquila es un término que procede del árabe y significa “porción de grano, harina o aceite que corresponde al molinero por la molienda, con lo que se describe un sistema de moler el trigo en molino ajeno, pagando al molinero con parte de la harina obtenida”). 
Esta noción de maquila que se ha venido imponiendo desde algunos años invariablemente se asocia a precariedad laboral, falta de libertad sindical y de negociación, salarios de hambre, largas y agotadoras jornadas de trabajo y –nota muy importante– primacía de la contratación de mujeres. 
Esto último, por cuanto la cultura machista dominante permite explotar más aún a las mujeres, a quienes se paga menos por igual trabajo que los varones, y a quienes se manipula y atemoriza con mayor facilidad (un embarazo, por ejemplo, puede ser motivo de despido).

Estas industrias, en realidad, no representan ningún beneficio para los países donde se instalan. 

Lo son, en todo caso, para los capitales que las impulsan,en tanto se favorecen de las ventajas ofrecidas por los países receptores (mano de obra barata y no sindicalizada, exención de impuestos, falta de controles medioambientales). 
En los países que las reciben, nada queda. 
A lo que debe agregarse que es tan grande la pobreza general, tan precarias las condiciones de vida de estos países, que la llegada de estas iniciativas más que verse como un atentado a la soberanía, como una agresión artera a derechos mínimos, se vive como un logro: para los trabajadores, porque es una fuente de trabajo, aunque precaria, pero fuente de trabajo al fin. 
Y para los gobiernos, porque representan válvulas de escape a las ollas de presión que resultan sociedades cada vez más empobrecidas y donde la conflictividad crece y está siempre a punto de estallar. 
Dato curioso (u observación patética): algunas décadas atrás en la región se pedía la salida de capitales extranjeros y era ya todo un símbolo la quema de una bandera estadounidense; hoy, la llegada de una maquila se festeja como un elemento “modernizador”.
La relocalización (eufemismo en boga por decir “ubicación en lugares más convenientes para los capitales”) de la actividad productiva transnacional es un fenómeno mundial y se ha efectuado desde Estados Unidos hacia México, América Central y Asia, pero también desde Taiwán, Japón y Corea del Sur hacia el sudeste asiático y haciaLatinoamérica, con miras a abastecer al mercado estadounidense, en principio, y luego el mercado global, tal como va siendo la tendencia sin marcha atrás del capitalismo actual. 
En el caso de Europa, las empresas italianas, alemanas y francesas primero trasladaron sus actividades productivas hacia los países de menores salarios como Grecia, Turquía y Portugal, y luego de la caída del muro de Berlín a Europa del Este.
Actualmente se han instalado también en América Latina y en el África.
Las empresas maquiladoras inician, terminan o contribuyen de alguna forma en la elaboración de un producto destinado a la exportación, ubicándose en las “zonas francas” o “zonas procesadoras de exportación”, enclaves que quedan prácticamente por fuera de cualquier control. 
En general no producen la totalidad de la mercadería final; son sólo un punto de la cadena aportando, fundamentalmente, la mano de obra creadora en condiciones de super explotación laboral. 
Siempre dependen integralmente del exterior, tanto en la provisión de insumos básicos, tecnologías y patentes, así como del mercado que habrá de absorber su producto terminado. 
Son, sin ninguna duda, la expresión más genuina de lo que puede significar “globalización”: con materias primas de un país (por ejemplo: petróleo de Irak), tecnologías de otro (Estados Unidos), mano de obra barata de otro más (la maquila en, por ejemplo, Indonesia), se elaboran juguetes destinados al mercado europeo; es decir que las distancias desaparecen y el mundo se homogeniza, se interconecta. 
Ahora bien: las ganancias producidas por la venta de esos juguetes, por supuesto que no se globalizan, sino que quedan en la casa matriz de la empresa multinacional que vende sus mercancías por todo el mundo,digamos en Estados Unidos.
En el subcontinente latinoamericano, dada la pobreza estructural y la desindustrialización histórica, más aún con el auge neoliberal que ha barrido esta región estas tres últimas décadas, los gobiernos y muchos sectores de la sociedad civil claman a gritos por su instalación con el supuesto de que así llega inversión, se genera ocupación y la economía nacional crece. 

Lamentablemente, nada de ello sucede.


En realidad las empresas transnacionales buscan rebajar al máximo los costos de producción trasladando algunas actividades de los países industrializados a los países periféricos con bajos salarios, sobre todo en aquellas ramas en las que se requiere un uso intensivo de mano de obra (textil, montaje de productos eléctricos y electrónicos, de juguetes, de muebles). 
Si esas condiciones de acogida cambian, 
inmediatamente las empresas levantan vuelo 
sin que nada las ate al sitio donde circunstancialmente 
estaban desarrollando operaciones. 
Qué quede tras su partida, no les importa. 
En definitiva: su llegada no se inscribe –ni remotamente– en un proyecto de industrialización, de modernización productiva, más allá de un engañoso discurso que las pueda presentar como tal.
Toda esta reestructuración empresarial se produce en medio de no pocos conflictos sociales en los países del Norte, pues cientos de fábricas cierran y dejan desocupados a miles de trabajadores. 
Por ejemplo, en la década del 90 del pasado siglo más de 900.000 empleos se perdieron en Estados Unidos en la rama textil y 200.000 en el sector electrónico. 
El proceso continúa aceleradamente, y hoy día las grandes transnacionales buscan maquilar prácticamente todo en el Sur, incluso ya no sólo bienes industriales sino también partes de los negocios de servicios. 
De ahí que, para sorpresa de nosotros, latinoamericanos, se vea un crecimiento exponencial de los llamados call centers en nuestros países: super explotación de la mano de obra local calificada que domina el idioma inglés, siempre jóvenes. 
En definitiva: otra maquila más.
Todo esto permite ver que en el capitalismo actual, llamado eufemísticamente “neoliberal” (capitalismo salvaje, sin anestesia, para ser más precisos),
las grandes corporaciones actúan con una visión global: 
no les preocupa ya el mercado interno de los países donde nacieron y crecieron, 
sino que pueden cerrar operaciones allí despidiendo infinidad de trabajadores 
–que, obviamente, ya no serán compradores de sus productos en ese mercado local– 
pues trasladan las maquilas a lugares más baratos pensando en un mercado ampliado de extensión mundial: venden menos, o no venden, en su país de origen, 
porque sus asalariados ya no tienen poder de compra, pero venden en un mercado global, habiendo producido a precios infinitamente más bajos.
El fenómeno parece no detenerse sino, al contrario, acrecentarse. 
La firma de tratados comerciales como los actuales 
TLC’s (Tratado de Libre Comercio) entre Washington 
y determinados países latinoamericanos
no son sino el escenario donde toda la región 
apunta a convertirse en una gran maquila. 
Las consecuencias son más que previsibles, y por supuesto no son las mejores para Latinoamérica: en el trazado del mapa geoestratégico de las potencias,

y fundamentalmente de los capitales representados por la Casa Blanca, nuestros países quedan como agro-exportadores netos (productos agrícolas primarios, recursos minerales, agua dulce, biodiversidad) y facilitadores de mano de obra semi-esclava para las maquilas.

En alguna medida, y salvando las distancias de la comparación, Chinatambién apuesta a la recepción de capitales extranjeros ofreciendo mano de obra barata y disciplinada; en otros términos: una gigantesca maquila.
 La diferencia, sin embargo, está en que ahí existe un Estado que regula la vida del país (con características de control fascista a veces),ofreciendo políticas en beneficio de su población y con proyectos de nación a futuro. 
No entraremos a considerar ese complejo engendro de un “socialismo de mercado”, pero sin dudas toda esta re-ingeniería humana desarrollada por 
el Partido Comunista ha llevado a China a ser la segunda potencia económica mundial en la actualidad, y ahora se habla de comenzar a volcar esos beneficios a favor de las grandes mayorías paupérrimas. 
Por el contrario, las maquilas latinoamericanas 
no han dejado ningún beneficio 
hasta la fecha para las poblaciones; en todo caso, 
fomentan la ideología de la dependencia y la sumisión. 
Eso es el capitalismo en su versión globalizada, 
por lo que sólo resta decir que la lucha popular, 
aunque hoy día bastante debilitada, 
por supuesto que continúa.